María Fernanda Ampuero: «La narrativa corta parece un cuchillo»
María Fernanda Ampuero, nacida en 1976 en Guayaquil, irrumpió en la corriente principal de la literatura con tal fuerza que es sencillamente imposible ignorarla. En 2004 viajó a España para escribir reportajes sobre la vida de los migrantes ecuatorianos. Y se quedó allí dos décadas. Esta experiencia personal de «vivir entre mundos», esa sensación constante de ser «la otra», una persona desarraigada, se convertiría después en el nervio de su prosa.
Antes de sacudir el mundo literario con su libro de relatos Pelea de gallos en 2018, Ampuero pasó por una gran escuela periodística. Publicó en los principales medios de América Latina y Europa, y en 2012 fue incluida entre los cien latinoamericanos más influyentes de España.
Los expertos de la edición española de The New York Times y de la revista mexicana Chilango calificaron Pelea de gallos como uno de los mejores libros de 2018. Trece cuentos, afilados como un latigazo, donde la violencia, el sexismo y la desigualdad social se muestran no desde fuera, sino desde dentro — a través de los ojos de aquellos a quienes más directamente les afecta. Las mujeres. Los niños. Quienes están habituados a sobrevivir.
Después llegó su segunda colección, Sacrificios humanos, que consolidó su reputación como maestra del terror gótico tropical. En sus historias, Ampuero no le concede tregua al lector. Obliga a mirar de frente aquello de lo que se acostumbra apartar la mirada: la descomposición de la familia como refugio, el horror de lo cotidiano, la violencia como parte del paisaje diario. «Al horror hay que llamarlo horror. Si no, no es horror, es decorado», sostiene con convicción.
La crítica encuentra en su prosa ecos del cine de terror, imágenes bíblicas y resonancias poéticas. La propia Ampuero confiesa que escribe no para investigadores, sino para lectores. Y los lectores le corresponden: sus libros se agotan en tiradas de miles de ejemplares y la comparan con figuras de la talla de Mariana Enríquez y Agustina Bazterrica.
Sin embargo, he aquí la paradoja: a pesar de su renombre, y de estar traducida al inglés, alemán y otros idiomas, María Fernanda Ampuero es todavía prácticamente desconocida para el lector en ruso. Sus libros no se han publicado en Rusia. Su voz — una de las más importantes en el debate sobre la violencia contemporánea, la experiencia femenina y la identidad latinoamericana — aún no ha resonado en ruso. Pero esto, sin duda, es cuestión de tiempo. Porque autoras así no permanecen en la sombra de las barreras idiomáticas. Tarde o temprano, escucharemos esa voz —cortante, honesta, despiadada y, al mismo tiempo, increíblemente poética. Todo está por llegar.
— Usted se mudó de Ecuador a España para escribir sobre migrantes, pero se quedó. ¿Cómo la experiencia de la migración y la vida «entre mundos» ha formado su mirada literaria y su elección de temas?
— Muchísimo. En primer lugar porque al cambiar de lugar físico también cambias de lugar mental y eso fue clave para mi escritura y para mi vida. También tiene mucho que ver que la presión social que sentía en Ecuador por «encajar» o «ser parte» se desvanecieron al vivir tan lejos, fue una oportunidad para vivir (y escribir) según mis propias reglas. En ese sentido la migración, que no es fácil y que es un duelo que no termina, sí que me permitió descubrir una voz propia que no hubiese podido escuchar en el ruido de «tienes que ser una buena mujer», «tienes que ser guapa», «tienes que casarte», «tienes que mejorar» que hay entre la gente del país al que perteneces.

— En Pelea de gallos a menudo utiliza elementos de cuentos de hadas y películas de terror, pero le da la vuelta a sus convenciones. ¿Por qué le interesa trabajar precisamente con estos géneros para hablar de la violencia y la desigualdad contemporáneas?
— Porque todas esas narrativas nos construyeron como personas. Ya ni siquiera pienso en las películas de terror, que tan importantes fueron para los que nacimos a finales de los setentas, sino en la Biblia, una especie de cuento de hadas perversísimo que escuchábamos todos los domingos en misa (viendo además todas las figuras ensangrentadas y violentadas de la imaginería católica latinoamericana). En la cabeza de una niña, los cuentos de hadas y las historias de la Biblia, sobre todo del antiguo testamento, eran advertencias. Más adelante en mi vida, encontré en las películas de terror también algo de advertencia, pero más libertad para las mujeres y la posibilidad de ser nosotras quienes ganáramos algo más que al príncipe de los cuentos de hadas. Eso me fascinó.
— Las protagonistas de sus relatos a menudo se encuentran en situaciones de violencia extrema, pero encuentran formas paradójicas, a veces chocantes, de resistencia (como la mujer en Subasta). ¿Qué significa para usted la «fuerza» en el contexto de una sociedad patriarcal?
— Las mujeres somos increíblemente fuertes, sobre todo en contextos de desigualdad social muy marcada como es el caso de Ecuador, allí, por ejemplo, una mujer puede sacar adelante un hogar con tres o cuatro hijos, con padres mayores y puede hacer una diferencia en el nivel de pobreza que vivirían si ella no estuviera trabajando día y noche. Las mujeres en mi país saben que no pueden parar, que no pueden derrumbarse, no tiene nada que ver con la narrativa de la «damisela en apuros» que nos pintan en la televisión y el cine. La mujer latinoamericana es una fuerza de la naturaleza. También la mujer migrante. Yo a esas mujeres las conozco, las he visto, no necesito escuchar sobre ellas.
En Subasta yo quería que la protagonista se salvara a sí misma en un relato pegado a la realidad. Las condiciones eran extremas, pero también su crianza fue extrema, ella aprendió muy pequeña a luchar por sobrevivir sin ser violentada sexualmente. Esa es la fuerza que yo quería demostrar.
— Usted ha dicho en repetidas ocasiones que los periodistas a menudo le preguntan sobre feminismo o identidad latinoamericana, pero casi nunca sobre estética, recursos literarios o sus referentes artísticos. Por favor, mencione a sus principales maestros literarios o referentes estéticos.
— Para mí la poesía es muy importante y, tal vez, es algo que no he tenido la oportunidad de compartir mucho. Yo soy lectora de poesía desde muy pequeña y mi amor al lenguaje tiene que ver directamente con el lenguaje poético y sus posibilidades. Me enamoré de los poetas españoles clásicos, Garcilaso, Lope de Vega, Quevedo, Góngora y luego de la poesía mística de Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz que me llevaron a Sor Juana Inés de la Cruz y mi primer acercamiento al feminismo por medio de la palabra. Luego he leído muchísimo a Plath, Peri Rossi, Storni, Pizarnik, César Vallejo. Este último determina mucho mi narrativa, quisiera acercarme a su forma de ver el mundo y narrarlo. También tuve desde joven una obsesión con los cuentistas vanguardistas latinoamericanos de quienes, creo, aprendí mucho del misterio y la tensión.
— ¿Cómo trabaja con el lenguaje para lograr esa «prosa lacónica» que, según los críticos, reduce la distancia entre el cuerpo del lector y la experiencia de violencia del personaje?
— Probablemente tenga que ver con el hecho de que llevo veinticinco años siendo periodista y el periodista tiene que contar lo que ve sin demasiada floritura y, sobre todo, sin faltar a la verdad edulcorando los hechos. Otra cosa que siempre me obsesionó y me obsesiona es la falta de claridad en la descripción de sucesos y pensamientos espeluznantes, me refiero a usar un lenguaje eufemístico al hablar de algo terrible. No. ¿Por qué? ¿Por qué si a la víctima le pasaron tales y tales cosas tengo yo que contarlo como si hubiera sido un camino de rosas? No. Es injusto para las personas a las que han asesinado, violado, torturado, desaparecido. Creo que el terror hay que contarlo como es, sino no es terror.

— A la colección Sacrificios humanos a menudo se la clasifica como horror. ¿Se considera a sí misma una escritora de género de terror? Y, en su opinión, ¿qué es lo que hace que el horror femenino latinoamericano (el suyo, el de Mariana Enríquez, Agustina Bazterrica) sea tan potente en la literatura contemporánea?
— Sí, claro, me considero una escritora de terror. Creo que lo que hace potente la literatura latinoamericana contemporánea del género es la forma en la que buscamos darle la vuelta al discurso hegemónico de lo que está bien y de lo que es normal. Está normalizado, por ejemplo, comer carne, bueno, pues viene Bazterrica y escribe Cadáver Exquisito, donde rompe completamente los esquemas, sobre todo en un país carnívoro como Argentina. O viene Enriquez y escribe sobre historias de gente excluida de la sociedad, de gente en la periferia, alejada de quienes toman las decisiones políticas y, al hacerlo, cuestiona es status quo y a quienes deciden quiénes deben salvarse y quiénes deben sacrificarse en una sociedad. Eso es potentísimo y me hace muy feliz ser parte de esta generación de escritoras.
— ¿Por qué es importante para usted hablar de la violencia que no comienza con un golpe físico, sino con el odio inculcado hacia el propio cuerpo?
— Porque es el origen del mal, lo que nos inoculan a nosotras mismas hace que sea luego tan fácil para el patriarcado destruirnos, aniquilarnos, reducirnos, convertirnos en sus esclavas. Por eso hablo desde nuestro cuerpo primero.
— Trabajar con una traductora es un diálogo aparte. ¿Cómo fue su colaboración con Frances Riddle? ¿Hubo momentos en los que sus preguntas o soluciones le revelaron algo nuevo en sus propios textos?
— Fue muy bonito, Frances es una excelente traductora y una persona que mira más allá de la traducción propiamente dicha. Sus preguntas sobre en qué contexto se diría una palabra determinada o si la edad influía en la decisión del lenguaje me sorprendieron muchísimo y sí, fue un reaprendizaje sobre mis propios textos y sobre lo que significa en verdad traducir.
— Su labor periodística es una mirada desde fuera, documental. Su prosa de ficción es una mirada desde dentro, una inmersión empática. ¿Qué es fundamentalmente diferente para usted en estas dos formas de hablar de los mismos problemas sociales?
— Bueno, como te decía antes, el periodismo tiene sus límites, mejor dicho, un gran límite: la realidad, es tu material de trabajo. Puedes hacer muchísimas cosas con la realidad, pero no puedes cambiarla, esa es la ley del periodismo: no se miente, no se exagera, no se trastoca. Soy muy feliz al escribir periodismo porque esa ley, que podría sonar muy restrictiva, hace que mires mucho el objeto del texto periodístico para poder narrarlo de la mejor manera posible sin faltar a la realidad. En la narrativa de ficción, en cambio, lo que buscas es la verdad, es decir, los textos tienen que llegar a las lectoras a una verdad que no parte de algo que ocurrió en la realidad. Ese juego me gusta. También tiene reglas, pero son otras.
— Su perra fue la primera crítica de sus cuentos. ¿Existe ahora para usted un primer lector similar para los textos nuevos?
— Ahora es mi editor y mi agente. Pero nadie reemplaza a mi perrita. Nadie.
— En Pelea de gallos la risa suena a menudo como un arma o una reacción ante el absurdo del horror. ¿Por qué le atrae esta imagen: la risa en lugar del llanto?
— Esta es una hermosa pregunta que creo que no me habían hecho nunca. La risa en mi casa es fundamental, siempre hay risas, siempre. Y cuando te digo siempre puedo estar hablando de risas frente a la muerte, a un divorcio, a una pérdida enorme, a problemas graves de salud o económicos. Tal vez en otras culturas o incluso en otras familias este humor no se entienda, pero es una forma de lidiar con lo indecible en mi familia.

Yo ahora intento que mi madre no se esconda tras la risa para hablar de cosas que me hicieron daño y me siguen haciendo daño, pero es algo que tuve que entender primero: que mi familia actúa así, que la traición o la muerte se «trabajan» psicológicamente no desde el acercamiento y la palabra, sino desde la risa, desde ridiculizar lo irridiculizable. Tal vez tiene que ver con que la salud mental no es algo que se tomara en serio jamás en mi familia o tal vez es la forma latinoamericana de tratar el horror. Lo cierto es que soy producto de eso, pero estoy intentando llegar al llanto. El llanto es necesario.
— ¿Qué es para usted, como escritora, lo más importante en la forma breve del relato? ¿Por qué este género, y no la novela, se ha convertido en su fortaleza principal?
— Me encanta el cuento y me resulta más desafiante escribir un cuento inolvidable. Vengo de un continente con enormes cuentistas y de ellos y ellas aprendí el oficio. La narrativa corta me parece un cuchillo y hacer que en pocas páginas la gente, voluntariamente, se corte con ese cuchillo es extraordinario. Ahora estoy intentando escribir una novela con el miedo de que no sea un cuchillo, sino un fiasco. Veremos.
— ¿Qué piensa del término «nuevo boom latinoamericano», que ahora a menudo se asocia con nombres de autoras? ¿Es una caracterización justa o una etiqueta mediática?
— Lo odio. Significa borrar siglos de escritoras latinoamericanas, de Sor Juana Inés de la Cruz hasta Isabel Allende, que son quienes allanaron el camino para que nosotras tuviéramos la libertad de escribir como nos da la gana. Sin ellas no hubiésemos podido hacer nada. Como en cualquier disciplina, las que vinieron antes abrieron la puerta a las que venimos después. No hay boom. Se ha cambiado la mirada, pero las mujeres siempre estuvieron ahí.
— ¿Cuándo entiende usted que una historia escuchada o vista debe convertirse no en material periodístico, sino en un relato de ficción? ¿Dónde pasa para usted ese límite?
— Qué difícil esta pregunta. No sé responderla. Supongo que hay un resorte dentro de mí que me dice que sea una crónica o un relato de ficción, pero no conozco bien el mecanismo de ese resorte. Será algo inconsciente, tal vez.
— Usted ha vivido en Guayaquil, Quito, Buenos Aires, Ciudad de México, Madrid… ¿Cómo influyó cada una de estas ciudades en su lenguaje, el ritmo de su prosa, la elección de los detalles?
— Un montón. Sobre todo en el lenguaje. En todos esos países se habla español, pero de diferentes maneras y eso abrió completamente un abanico de posibilidades a la hora de usar el lenguaje que es mi herramienta de trabajo. También hay algo en vivir realidades de países completamente diferentes que te cambia la cabeza a la hora de pensar cómo podrían ser las cosas si hubiera voluntad política. Te encabrona, te desafía, te hace más consciente del mundo en el que vives.

Photo: Maria Fernanda Ampuero


